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LA INCERTIDUMBRE EN EL EJE DE LA DISCUSIÓN CRÍTICA DE LA SOCIEDAD MODERNA DE LA PRECAUCIÓN

Hace unos años concebía que la sociedad moderna se enfrentaba a la convergencia de una multiplicidad de riesgos, que en términos de AUBY y de POPPER significa que el riesgo es omnipresente en el funcionamiento social, y que el progreso es empleado por la humanidad para adaptarse al medio en el que ha evolucionado, hasta llegar a crear nuevas soluciones a problemas históricos, pero que abren nuevas brechas que imponen retos de racionalidad para resolverlos en términos de una dinámica social que pretende un “bienestar” desdoblado.

Las evoluciones científicas, tecnológicas y técnicas se ofrecen para compadecer y satisfacer las necesidades humanas constantes (ÄGNES HELLER), por lo que las sociedades se abren a la oportunidad de desarrollar actividades que desbordan la racionalidad del derecho, de la ley, del ordenamiento jurídico. ULRICH BECK en los años noventa del siglo XX advirtió aquello que “cuando los peligros de la sociedad industrial dominan los debates y conflictos públicos, políticos y privados (…) las instituciones de la sociedad industrial se convierten en generadoras y legitimadoras de peligros que no pueden controlar. Este tránsito se cumple en medio de relaciones constantes de propiedad y poder. La sociedad industrial se ve y se critica a sí misma como una sociedad de riesgo”. Esa falta de control de los peligros convierte a nuestra sociedad moderna en un entorno de incertidumbres convergentes que de manera irreflexiva impulsan decisiones, concepciones o medidas, que después de aplicadas obligan a retornar al comienzo de su tratamiento, con la potencial afectación de las libertades de las personas que se creían salvaguardadas ante la idea monolítica y superada del Estado y la sociedad tradicional, en ámbitos sofisticados y de evoluciones tan rápidas que no permite una adaptación de la sociedad.

 

En su momento ASFORD nos dice que la falta de control de los riesgos y las incertidumbres convergentes no tiene como solución el exceso o arbitrariedad, o la desnaturalización de los poderes de organización de la sociedad, en cabeza del Estado. Esto plantea una tensión entre la racionalidad jurídica y la de los órdenes científico, tecnológico y técnico, a la que debe adaptarse la sociedad, de manera que responda con una evolución que le permita adoptar los cambios a los que se expone, o por el contrario a resistirse a los cambios y negar las situaciones, de manera que las decisiones que se adopten sean dominadas por una racionalidad consecuencial que obedece al miedo, al temor y a la simple aceptación de la falta de control de los peligros, que quizás son pocas para lo que tendremos que afrontar en el cercano futuro.

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